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martes, 8 de abril de 2014

A propósito de Kurt.

No tengo ni puta idea de dónde estaba el 5 de abril del 94. Estaría montando un lego, leyendo un barco de vapor... Pero a mis casi ocho años, seguro que ni me enteré de que Kurt Cobain se había pegado un tiro. Y eso que en casa había mucha música. Pero poca de los noventa. Fin.

Si que os puedo decir que unos 13 años más tarde me desgañito cantando Territorial Pissings en la parte de abajo del O'Connors. Gritando con la fuerza del fumador que todavía no ha convertido el vicio en hábito. Luis se marca el speech del principio, creo. Yo me descuelgo la guitarra. 

Unos meses antes, sería octubre, tocando en el Terminal, una chica a la que no conozco de nada me pregunta si tocamos alguna de Nirvana. Estamos recogiendo. Le digo que no, pero que sí se viene al siguiente concierto en Pamplona igual nos marcamos una... Me tiró el moco por quedar guay. Resulta que suena la flauta. Un par de ensayos más tarde, pensando en cambiar de versión para los conciertos, salen dos o tres canciones. Entre ellas, Territorial Pissings. Y yo claro, me hago el sueco. Al final la tocamos.

A mi Nirvana ni me van ni me vienen en exceso. Sí, molan. Pero soy más de otros rollos. Disimulo fácil. Tocamos Dive alguna vez y un par de años antes me leo el pastiche de los diarios de Kurt Cobain que se publican en España... Pero ni por esas. Sigo sin ver lo que  tantos ven. Aunque mole.

Y al final, ¿Qué pasa con esa chica y el concierto? Resulta que la siguiente vez que tocamos en Pamplona, en el Woodstock, llevamos dos canciones nuevas (que aunque no pueda ni tararear, porque ni me acuerdo se llamaban Cluedo y Horn of Plenty) y tocamos Territorial Pissings. La chica viene.

De vuelta al O'Connors, ya en la primera estrofa, por el rabillo del ojo veo dos figuras subiendo esquivas las escaleras. La tía que me mola en aquel entonces y otro tipo. Conozco la existencia del otro tipo esa misma noche. Comprenderéis que decidiera no querer saber nada de ella. Tampoco sé mucho más de la chica del Woodstock. Se fue con otro que decía haber estado en un concierto de Nirvana al par de semanas de nuestro estreno de Territorial Pissings.

Llego a la conclusión de que Kurt me ha levantado una tía después de muerto. Y de que en general, la canción no me ha traído mucha suerte con las mujeres. Es la última vez que la tocamos. Un par de meses más tarde, en verano entramos a grabar. Saco la cabeza por la ventanilla. Por lo que pueda pasar. Estoy en el asiento trasero del coche del amigo de un amigo. Rumbo a dónde sea.  No me gustan las camisas de leñador y estoy demasiado gordo para ser un Grunge de pro. Es más, nosotros tampoco tenemos intención de ser Grunge. ¿Quién coño me ha invitado a esa fiesta? 

lunes, 23 de septiembre de 2013

De un trayecto y un disco del que no consigo acordarme.



Antonio Vega se murió de pena. La conversación se corta tajante y dejamos que la radio susurre entre las tripas del Saxo. Y “Antes de que salga el sol” suena un poco ahogada. Doblamos en Sancho el Fuerte. Yo le doy vueltas al tarro, como quién aprieta una tuerca: Antonio Vega se murió de pena. Y punto.

martes, 31 de enero de 2012

Siempre odié el tomate...

El tomate asesino me miró con furia. Con los ojos inyectados en sangre. Nunca pensé que mi destino fuera morir devorado por una hortaliza gigante, como en una película de serie B. Pero aquí estoy. Por cierto, siempre odié el tomate.

El público enloquece y rasga el silencio que ha producido el momento de gloria de mi atacante. Ahora me sonríe con fauces de cocodrilo, sabiendo que seré su cena. La masa vuelve a quedarse muda. Llega el maestro de ceremonias y pasa dentro del improvisado cuadrilátero.

Tiene cabeza de cabra. El peyote no me permite saber si es una máscara. Todo es rojo, negro y amarillo. Su cuerpo aparenta ser el de un hombre de mediana edad. Está vestido impecable con un traje de lino. Una broma macabra que todavía no encajo. Sigo respirando.

Mira su reloj. Parece tranquilo. El mío se paró antes, en plena persecución. Marca las tres y cuarto de la mañana. Han debido pasar un par de horas, pero aprisionado bajo el peso del tomate gigante, parece que han pasado siglos. El cabrón se inclina ante mí. Siento cómo su aliento rancio se queda en mis fosas nasales. “Se acabó”, dice.

Dos costillas rotas, la camisa empapada en sudor y un ojo morado. ¿Qué más se podía esperar de una pelea que estaba ganada desde el principio? Ninguno de los presentes necesitaba apostar. Sus ojos de reptil se clavan en los míos.

Un nuevo personaje entra en el ring. Es la chica que anuncia los asaltos. Una muñeca de porcelana. Pero no lleva un cartel. Trae un cojín de terciopelo rojo con una Biblia y un Revolver.

La muchacha se acerca al hombre cabra. El libro es para él. El arma para mí. Una sola bala. Mi nombre grabado en ella. El tomate deja escapar una risa sardónica, facilona y vacía. Sin alma. Igual que yo.

El maestro de ceremonias cita el libro de las revelaciones. No le hago caso. Estoy ocupado cargando el revolver con la mano que tengo libre. Será la primera y la última vez que utilice uno. El gusto a garrafón barato, clavado a mi paladar se mezcla con la sangre. Suficiente alcohol como para tumbar a Hemingway. Pero me siento completamente lúcido.

Papá siempre me lo dijo. De sopetón, entra en mi cabeza con la colilla de un cigarro abrasándole los labios. Como el pastor del que ahora habla la cabra, cuidando de su rebaño. “Hijo, algún día serás una persona importante”. ¿Tuve tiempo alguna vez de serlo? Siempre odié el tomate.